Por María Alejandra Benítez Hurtado *
Hay una grieta incómoda en el movimiento feminista del continente latinoamericano, especialmente en Colombia; una que preferimos no nombrar en asambleas ni incluir en consignas pintadas sobre pancartas.
Se trata del feminismo conveniente, o de doble filo, aquel que clama justicia con una mano cada 8 de marzo mientras que con la otra encubre a los violentos de su propio grupo. El que alza la voz frente a los feminicidios de ellos, pero guarda un silencio estratégico cuando el agresor es de los nuestros: el compañero de militancia, el artista comprometido, el líder político con discursos progresistas.
El feminismo conveniente es esa forma de militancia que se acomoda al cálculo, que sabe cuándo hablar y cuándo callar para no afectar intereses propios. Es, en el fondo, una traición disfrazada de sororidad.
El feminismo no es un uniforme que nos ponemos según la ocasión. No puede serlo. Porque cuando callamos ante la violencia de quienes comparten nuestra trinchera ideológica, traicionamos a las víctimas y dinamitamos la esencia misma de la lucha. ¿De qué sirve denunciar al patriarcado en abstracto si somos cómplices tácitas de sus ejemplares más cercanos?
Recordemos: una agresión no duele menos porque quien la ejerce tenga un pin de ‘Ni Una Menos’ en la solapa. El dolor de una mujer golpeada por un aliado no es menos digno de escucha. El silencio por afinidad política también mancha de sangre nuestras manos.
¿Cuántas veces hemos visto caer del pedestal a algún referente masculino de la Derecha por acusaciones de violencia, mientras aplaudimos a figuras progres cuyos historiales misóginos son perdonables por su aporte a la causa? Aquí no hay neutralidad posible: elegir a qué víctimas creer y a cuáles ignorar es ejercer violencia institucional con aroma a lavanda.
Ser feminista es comprometerse con una ética radical de la justicia y la verdad, aunque esa verdad incomode, aunque nos duela, aunque implique señalar a quienes apreciamos o con quienes compartimos causas políticas.
No hay revolución posible si no se parte desde una ética del cuidado que se traduzca en actos concretos: denunciar, acompañar, escuchar, proteger.
El feminismo no es un club de fans. No podemos permitir que la lealtad a un partido, una corriente artística, un movimiento o plataforma estudiantil universitaria o un círculo intelectual nos vuelva guardianas del statu quo, porque cuando normalizamos lo intolerable nos convertimos en lo que juramos destruir, ese sistema que prioriza redes de poder sobre cuerpos feminizados.
Nosotras, las feministas que no cabemos en los moldes del oportunismo ni de la conveniencia, lo decimos claro: no hay transformación sin coherencia. No hay emancipación si no protegemos a las más vulnerables. No hay lucha legítima si toleramos agresores entre nosotras.
El feminismo que viene, ese que está pariendo nuevas formas de estar en el mundo, no teme al conflicto ni a la incomodidad. Sabe que a veces hay que perder privilegios para ganar justicia. Y, sobre todo, sabe que nunca se está del lado correcto de la historia si se silencia una violencia.
Basta de moralinas selectivas. Si de verdad creemos en la liberación, debemos empezar por nombrar a los monstruos propios, aunque lleven camisetas de marchas o firmen manifiestos por la interrupción voluntaria del embarazo. La coherencia no es una alhaja o una pañoleta violeta en la mano izquierda, es la línea roja que separa la lucha de la parodia.
Porque un feminismo que no protege a todas las mujeres NO protege a ninguna.
* Abogada; magíster en Derecho Administrativo; gerente regional Bolívar de Prosperidad Social y designada del presidente de la República en el Consejo Superior de la Universidad de Cartagena.
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