A propósito de Salvador Allende Gossens en la memoria de sus hermanos masones de Rubén Alfredo Yocelevzky Retamal
Reseña de la segunda edición, 2014
…sin embargo nosotros no hemos ofrecido el Paraíso, en primer lugar… porque no creemos en él”.
Salvador Allende, Senado de Chile, sesión 14, 25 de agosto de 1961.Canción para acompañar la lectura: Santiago de Chile. Silvio Rodríguez.
Cada 11 de septiembre Chile vuelve sobre una herida que todavía hace preguntas. Han transcurrido cincuenta y tres años desde el golpe de Estado de 1973 y, sin embargo, aquella mañana sigue perteneciendo al presente porque obliga a discutir sobre democracia, poder, memoria, responsabilidad y dignidad. El golpe quebró el orden constitucional, el Palacio de La Moneda fue atacado y Salvador Allende murió allí ese mismo día. Horas antes había pronunciado, a través de Radio Magallanes, las palabras con las que se despediría de su pueblo.
Leer hoy Salvador Allende Gossens en la memoria de sus hermanos masones, de Rubén Alfredo Yocelevzky Retamal, permite acercarse a aquel 11 de septiembre desde un ángulo menos transitado: la vida masónica de Allende y la relación, a veces armónica y otras veces tensa, entre sus convicciones políticas, su conciencia personal y los principios que había recibido en los templos.
Reseñar este libro exige evitar dos simplificaciones. La primera sería convertir a Allende en una figura sin contradicciones. La segunda, suponer que su pensamiento político fue una consecuencia directa de la Masonería. Ninguna de las dos lecturas hace justicia al personaje ni a la obra. Allende fue socialista, médico, parlamentario, dirigente político, Presidente de la República y masón. Esas dimensiones convivieron en una misma persona, dialogaron entre sí y, en determinados momentos, también entraron en tensión. Esa tensión es precisamente lo que hace interesante la obra de Yocelevzky.
Allende ingresó a la Masonería en la Logia Progreso N.º 4, del Valle de Valparaíso, el 16 de noviembre de 1935. Allí recibió los grados de Aprendiz y Compañero. Tras trasladarse a Santiago se afilió, en 1940, a la Logia Hiram N.º 65, donde alcanzó el grado de Maestro Masón y llegó a desempeñar distintas responsabilidades, incluida la de Venerable Maestro. Desde su iniciación hasta su muerte transcurrieron casi treinta y ocho años de vínculo con la Orden, aunque ese período incluyó etapas de alejamiento de los trabajos regulares.
Yocelevzky reconstruye esa trayectoria a partir de recuerdos de sus QQ.·. HH.·., documentos, intervenciones y escritos. El resultado tiene una virtud que considero especialmente importante: las memorias masónicas sobre Allende no aparecen como una voz unánime. Tampoco podrían hacerlo. La Masonería nunca ha sido una comunidad políticamente homogénea y, en el caso chileno, las diferencias ideológicas atravesaron también sus columnas.
Ese dato resulta revelador. Allende llegó a competir por la Presidencia con otros masones que sostenían posiciones políticas profundamente distintas a las suyas. Esto obliga a recordar algo elemental: compartir templo, ritual, símbolos y una determinada ética iniciática no elimina el conflicto político. La fraternidad masónica no exige uniformidad de pensamiento.
La biografía que presenta el libro ayuda a entender de dónde provienen algunas de las preocupaciones que acompañaron a Allende durante toda su vida. Nació el 26 de junio de 1908 en una familia con una marcada tradición masónica por línea paterna. Su padre perteneció a la Orden y su abuelo, Ramón Allende Padín, el llamado “Rojo Allende”, fue médico, parlamentario y una figura relevante de la Masonería chilena. Esa tradición familiar se encontró posteriormente con su formación médica, su militancia socialista y su experiencia en el movimiento estudiantil.
También aparece en este recorrido Hortensia Bussi Soto, profesora de Historia y Geografía, compañera de vida de Allende y posteriormente primera dama de Chile. Su presencia permite recordar que la historia pública de un dirigente nunca se construye exclusivamente desde los escenarios institucionales: también existe una vida doméstica, afectiva y familiar sobre la cual pesan las consecuencias de las decisiones políticas.
Pero el mayor valor documental del libro se encuentra, a mi juicio, en los textos del propio Allende. Yocelevzky reproduce un conjunto de once documentos que permiten seguir su pensamiento durante varias décadas: su Testamento Masónico; intervenciones parlamentarias; trabajos presentados en Logia; el agradecimiento por su investidura como Caballero de la Orden de los Constructores Masones; su solicitud de retiro voluntario de 1965 y la respuesta de la Logia Hiram N.º 65; explicaciones posteriores sobre su inactividad masónica; su exposición ante la Logia Franklin N.º 27 en 1970; intervenciones realizadas durante su Presidencia, incluida la pronunciada en Colombia; una carta dirigida al senador Patricio Aylwin pocos días antes del golpe y, finalmente, su despedida transmitida por Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973.
No estamos, por tanto, frente a recuerdos construidos únicamente después de su muerte. En varios pasajes es el propio Allende quien explica qué entendía por Masonería y qué esperaba de ella.
Uno de los textos más claros es su intervención ante la Log.·. Franklin N.º 27, el 14 de abril de 1970. Allí vincula directamente las palabras que había escuchado dentro del templo con las condiciones materiales de la existencia humana:
…si yo creo en la fraternidad que me enseñaron en los templos, si yo creo en la Igualdad que me enseñaron en los templos, si yo pienso que es cierto que en los templos me hablaron de Libertad, yo no me imagino que pueda haber Fraternidad en un mundo donde el poderoso aplasta al pequeño…
La importancia de ese planteamiento está menos en la adscripción partidista de quien lo pronuncia que en la pregunta que deja abierta: ¿qué ocurre cuando los principios proclamados dentro del templo no encuentran traducción alguna fuera de él? Allende estaba planteando una discusión sobre la coherencia.
Libertad, Igualdad y Fraternidad podían ser, para él, palabras rituales o podían convertirse en criterios para interpretar la realidad. Escogió lo segundo. Su socialismo dio a esos conceptos un contenido político concreto, pero la pregunta que formula trasciende su propia ideología: de poco sirve afirmar la dignidad humana dentro de un templo si se permanece indiferente cuando esa dignidad es negada en la sociedad.
Su Testamento Masónico contiene quizás la respuesta más sencilla acerca de la memoria que aspiraba a dejar. Ante la pregunta:
¿Qué memoria desearías dejar de vos mismo después de vuestros días?
respondió:
La de haber cumplido con la obligación que me impusiera, de haber sido útil a la sociedad, impulsando cada día su perfeccionamiento espiritual, moral y material.
Leída un 11 de septiembre, esa respuesta adquiere otro peso. No habla de cargos, honores ni grados. Habla de utilidad social y allí encuentro una de las claves masónicas más interesantes de Allende. El trabajo iniciático no aparece concebido como acumulación de distinciones, sino como una obligación respecto de los demás. Todavía más incómoda resulta su solicitud de retiro voluntario de 1965: Allende se encontraba alejado de los trabajos regulares y pidió formalmente apartarse de la Orden. Su Logia rechazó la solicitud y optó por concederle permisos sucesivos; años después él mismo explicó esta circunstancia cuando volvió a dirigirse a masones reunidos en la Logia Franklin N.º 27. Pero lo verdaderamente importante no es el trámite administrativo de aquella solicitud. Es lo que escribió para justificarla:
… Me alejo de los templos, por magníficos que ellos parezcan ahora en la suntuosidad de su arquitectura y me acojo al templo íntimo que, en plena madurez de condiciones, he logrado edificar para mí mismo.
Más adelante formula una crítica todavía más severa:
… Una Orden que no reacciona para procurar que no se vulneren la soberanía y la libre determinación de los pueblos, es algo también sin vida.
En esos párrafos hay un cuestionamiento que la Masonería podría releer incluso prescindiendo de Allende. ¿Para qué sirve un templo impecable si lo que ocurre dentro de él deja de interpelar la conciencia de quienes lo habitan? ¿Para qué sirven los grados si terminan convertidos en posiciones de prestigio? ¿De qué vale pronunciar Libertad, Igualdad y Fraternidad si esas palabras dejan de producir preguntas frente a la injusticia?
El problema no es el templo. Tampoco el ritual ni la jerarquía iniciática. El problema comienza cuando los medios se convierten en fines y la institución termina ocupada en contemplarse a sí misma. Un templo puede ser arquitectónicamente magnífico y estar moralmente vacío.
Esta reflexión es particularmente pertinente al estudiar a Allende porque él mismo atravesó esa contradicción. Se distanció de los trabajos, cuestionó a la institución y, sin embargo, nunca pareció desprenderse del lenguaje ético que había adquirido en ella. Cuando regresó a hablar ante masones en 1970 reconoció expresamente que su carta de retiro había sido rechazada por sus HH.·. de Hiram N.º 65. Su relación con la Masonería, por tanto, no puede reducirse ni a obediencia institucional ni a ruptura. Fue una relación crítica.
Eso también es masónicamente interesante. La Orden que únicamente acepta adhesiones cómodas corre el riesgo de dejar de ser un espacio de construcción intelectual.
Los documentos reunidos por Yocelevzky permiten igualmente identificar en Allende un pensamiento humanista, socialista y racionalista. Su interpretación de la sociedad estuvo atravesada por categorías provenientes del marxismo y por una comprensión dialéctica del conflicto social. Pero reducirlo únicamente al materialismo dialéctico sería insuficiente. En su lenguaje aparecen también la responsabilidad individual, la dignidad, la conciencia, el deber y la fraternidad. Es precisamente esa convivencia entre tradiciones intelectuales distintas la que permite comprender mejor su particular manera de entender la acción política.
Allende no prometía un paraíso. La frase pronunciada en el Senado en 1961 y escogida como epígrafe de esta reseña es reveladora. Su política no partía de la idea de alcanzar una sociedad perfecta, sino de intervenir sobre desigualdades históricas mediante instituciones, organización política y acción humana.
Ese punto resulta especialmente importante ante el 11 de septiembre. La mañana del martes 11 de septiembre de 1973, informado de la sublevación militar, Allende llegó a La Moneda. Ante la exigencia de renunciar respondió que permanecería en su cargo. Su última intervención radial salió por Radio Magallanes. Poco después La Moneda fue bombardeada y, ese mismo día, Salvador Allende murió en el Palacio presidencial. El golpe dio paso a una dictadura que clausuró el Congreso y restringió las libertades civiles en Chile.
Por eso creo que leer a Allende desde la Masonería un 11 de septiembre exige algo más que rendir homenaje a un Q.·. H.·. Exige preguntarnos qué significa ser masón cuando las instituciones democráticas se quiebran, qué significa defender la libertad cuando defenderla tiene un costo; qué queda de la igualdad cuando aceptamos que unas vidas tengan menos valor que otras; qué clase de fraternidad practicamos cuando el pensamiento diferente deja de ser una oportunidad de diálogo y se convierte en motivo de exclusión y, sobre todo, qué hacemos con los principios una vez que salimos del templo.
Allende ofrece una respuesta que puede discutirse políticamente, pero difícilmente ignorarse masónicamente: los principios deben soportar la prueba de la realidad.
Quizás allí se encuentre el valor más perdurable de Salvador Allende Gossens en la memoria de sus hermanos masones. El libro no obliga a compartir la totalidad de sus ideas políticas para reconocer la seriedad con que intentó vivir aquello en lo que creyó. Tampoco exige convertirlo en una figura sin errores o contradicciones. Al contrario: permite acercarse a un ser humano situado en medio de conflictos extraordinariamente difíciles.
Como masona, esa es la lectura que más me interesa. No necesito convertir a Salvador Allende en un personaje perfecto para reconocer en él una pregunta esencial de la vida iniciática: ¿hasta dónde estamos dispuestos a ser coherentes con aquello que afirmamos creer?
El 11 de septiembre de 1973 esa pregunta dejó de ser teórica. Allende había escrito décadas antes que deseaba ser recordado por haber sido útil a la sociedad. Aquella mañana, mientras las instituciones se desmoronaban a su alrededor, volvió a hablar de pueblo, de trabajadores, de historia y de futuro. Su discurso final, conservado hoy entre los documentos fundamentales de la memoria chilena, terminó proyectando hacia el porvenir una imagen que sobrevivió al bombardeo: la de las grandes alamedas nuevamente abiertas para que hombres y mujeres libres pudieran construir una sociedad mejor.
Han pasado cincuenta y tres años. La historia política de Allende continúa generando adhesiones, críticas y controversias. Su memoria masónica tampoco tiene por qué ser uniforme. De hecho, Yocelevzky advierte precisamente esa diversidad de miradas entre sus HH.·. Pero hay algo que el tiempo no debería relativizar: el 11 de septiembre de 1973 la democracia chilena fue quebrada por la fuerza. Recordarlo desde una Logia no debería ser un ejercicio partidista. Debería ser un ejercicio de memoria porque una Masonería que proclama la Libertad tiene razones para recordar lo que ocurre cuando esta es destruida; una Masonería que proclama la Igualdad debe preguntarse qué hace frente a sociedades que naturalizan la exclusión; y una Masonería que se reconoce en la Fraternidad debe ser capaz de mirar el dolor humano más allá de las fronteras ideológicas.
Tal vez por eso Salvador Allende sigue incomodando porque su vida obliga a discutir si nuestros principios terminan en las palabras que pronunciamos dentro del templo o comienzan precisamente cuando cruzamos sus puertas.
En este 11 de septiembre, esa pregunta sigue abierta.
Es mi palabra,
María Alejandra Benítez Hurtado
M∴ M∴
3 Responses
Excelente
Gracias por darle a este día un horizonte diferente y reflexivo sobre las posibilidades de habitar la coherencia en mi vida en particular!
Tal vez por eso Salvador Allende sigue incomodando porque su vida obliga a discutir si nuestros principios terminan en las palabras que pronunciamos dentro del templo o comienzan precisamente cuando cruzamos sus puertas.